Deceso de Augusto Pinochet

Habiendo muerto, Augusto Pinochet puede ya ser referido en cuanto a lo que fue su vida completa, a lo que fue su aparición en el mundo, lo que son sus productos (libros y otros textos) y a quién es él. Nuestro expresidente genera profundas controversias y enciende pasiones encontradas entre los chilenos, porque la suya es una personalidad sobresaliente, más grande que la del hombre común. Esta afirmación, irritante para algunos e insuficientemente halagadora para otros, puede ser defendida como objetiva sobre la base de un hecho bastante concreto: Augusto Pinochet realizó una actuación excepcional el día 11 de septiembre de 1973. Levantando a las Fuerzas Armadas, de Orden y Seguridad Pública contra el gobierno de Salvador Allende esa mañana trascendental (para nosotros los chilenos), se constituyó —para bien o para mal— en una de esas figuras descollantes que es imposible ignorar. Asumámoslo y reflexionémoslo: Pinochet actuó excepcionalmente y su actuación acarreó la fama de Allende y la constante atención del público en torno a lo que hizo o no durante el resto de su vida. De modo que, manifestándonos tanto a favor como en contra de su persona, estamos dando vida a lo que hizo, le estamos dando vida a él. Y todos quienes ahora se lamentan o se alegran públicamente —considerándose mutuamente inmorales— están indefectiblemente asegurando la pervivencia de su figura: lo están eternizando. ¿Lo merece? Sin duda que sí: lo prueban estas mismas manifestaciones de luto o de fiesta, pues ellas testifican que Pinochet actuó en verdad de una forma excepcional y es digno, por lo tanto, de ser recordado por un buen tiempo, sea para alabarlo, sea para denostarlo; pero que merece serlo, es algo que pocos podrían negar.
Requiescat in pace Augustus.

