
Los días 06 y 09 de agosto de 1945, cayeron desde el cielo las bombas atómicas que devastaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki hace ya 62 años. Conviene recordar, pues, este doloroso hecho e imitar a Ercilla cuando dice "será razón que llore y que no cante". Sin embargo, consideremos lo siguiente: en una escena de la
Rapsodia en agosto (Kurosawa, 1991), se observa una hilera de hormigas moviéndose sobre un terreno asoleado, seco y resquebrajado como hombres en el desierto rodeados de desolación; las sigue el observador y ve que trepan por un tallo que las lleva a la cima de una rosa florecida y en la plenitud de su relativamente corta vida, lo cual ocasiona la alegría de quien las veía: esto señala una visión de los hombres capaces, en medio del caos que sucede a la catástrofe, de aspirar a lo diverso, a lo bello, como si llevasen consigo el espíritu de la Belleza. Y, aunque sea con un canto de dolor, rindamos homenaje a la desgarradora catástrofe. Cantemos, pues, un
Himno al Nagasaki Plutónico.
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Hades-Pluto cadet a caelo. Hades baja desde el cielo sobre la ciudad pacífica ignorante de su destino crudo y desgarrador. Cae desde el cielo y extiende ígneas alas cual Fénix hacia todo en torno suyo, prendiendo cuerpos y edificios no con el fuego que entrega a Perséfone, sino con sus infernales flamas aniquiladoras. Arde la ciudad maldita, condenada. Arden sus hombres portadores de centurias —de cosechas, de shogunes, de espadas, de oraciones— y sus almas huyen aterradas, gritando silenciosa y desesperadamente en el vacío.
Picturam vide horridam! ¡Mirad el cuadro horripilante! ¡Oh, fuerzas creatrices! ¿Cómo habéis permitido que, una vez más y con dolor inusitado, se desgarre el alma del Hombre, frágil criatura de emociones fundantes y sufrimientos conmovedores? El impasible rostro de Cristo se ha desfigurado en el sudario al sentir el choque de las lágrimas contra la tierra.
La carne debilitada cae a pedazos y no hay dolor ni muecas patéticas: al instante se desploma el exánime cuerpo, envuelto en sopor insospechado, en los brazos de la muerte.
Sueña, corazón mío, que vagas por el campo floreado en este tiempo de estío antes de que la lluvia haya inundado los surcos del arroz. Pluricromáticas mariposas surcan graciosas el aire y una montaña a lo lejos me hiere una fibra íntima espiritual cuando la contemplo. ¿Es la sangre? ¿Es la infancia? ¿El crúor paternal derramado sobre los hijos por el fulgor divino que hoy nos hiere con magna ira? ¿O acaso es simple infamia, horror de horrores, crueldad irracional surgida desde corazones truncados? El llanto me ciega y secuestra en obscura cámara sin salida: nunca recobrarán el vuelo mis alas seráficas, pues fueron fulminadas por los rayos del dios pagano.
Queja, llanto y oración. Clamor —silencioso clamor— que brota de labios temblorosos. "¿Eres tú, verdaderamente, hermano mío? ¿Por qué no reconozco tu rostro? ¿Es que ya no tienes faz? Mi memoria clama por verte. Mi corazón plañe por quererte. Pero la ausencia anímica ha estorbado el camino del amor. En un sencillo cajón yaces y las múltiples imágenes que atraviesan a mis recuerdos no coinciden con lo que ahora enfrentan mis ojos. Desesperanza, desolación, desdicha, destierro vital y emocional. ¿A qué espero respuesta hablándole a un cadáver desfigurado y yerto? Silencio me contesta: sólo silencio resta de la circunstancia maldita. Adiós, querido mío. En el futuro me iré también y en la Nada tuya seremos ambos inconscientes".
¿Puede tanta belleza acabar con todas estas formas esentes colmadas de pasión?
Golondrinas de concreto suspendidas en el aire, techumbres colmadas de vacío que caen sobre el espacio dejado por las frágiles paredes que antes protegían. El desplome no sólo ha tocado a los edificios, sino también al espíritu del Hombre. Miles han sido fulminados por el insensible rayo celeste; millares claman aún por su repentina y destruidora ausencia. Hoy el Hombre ha perdido su espíritu, hoy ha extraviado su humanidad: todo ha prendido en llamas y no restan más que cenizas, cenizas sobre las que llorar. Todo lo has amado, lo que has acariciado y que placía a tu corazón, está cubierto de polvo: todo eso está sumido en el polvo. Desmaya mi cuerpo ante el estupor, sucumben mis brazos a la impotencia, se rinden mis ojos al llanto doloroso y mi espíritu se ahuyenta desde la tierra, trastornado e incrédulo, para buscar en el vacío el alma del Hombre y preguntar si resta en ella algún consuelo. Los pulsos primeros laten en mi interior y sólo ellos pueden explicar, no con palabras, el horror de la muerte, la fuerza de la destrucción, el dolor del llanto. No con palabras: con esencia.
Ígneamente consumidos, los claveles han quedado desnudos de sus sépalos y pétalos, despojados de su belleza y arrojados al sufrimiento.
Los dioses se pelean en el cielo por los pétalos caídos de los azahares; ¿por qué combaten entre sí los Hombres sobre la tierra?